viernes, 7 de julio de 2017

Respuestas fáciles



Se anunciaba con un gran letrero en la calle,

TENEMOS LA RESPUESTA
¿ESTÁS PREPARADO PARA SER ESCRITOR?
ENTRA Y TE LO DIREMOS
                                                                                                                  SIN COMPROMISO


El “sin compromiso” estaba en letras más pequeñas y no se sabía si se trataba del Sr. Sin Compromiso o  de si el que anunciaba aquellos no se comprometía a nada o de si el que entraba no adquiría ningún compromiso por entrar a consultar. O sea, verdaderamente sin compromiso, se refiriese a lo que se refiriese.
Era una  librería de viejo y claro, la ironía, la burla, el sarcasmo, el cinismo, que envejecen muy bien podían estar almacenados allí dentro con más garantías que el amor, la verdad y demás palabras esperanzadoras que llevan muy mal la solera. Son como el vino joven, mejor que lo bebas en su tiempo.
Pero entré.
En estas librerías siempre te encuentras a un hombre derrotado, por lo menos. O es el que atiende a los clientes o es un cliente. Nunca  eso me ha decepcionado. Jóvenes lozanos, de uno u otro sexo, jamás he visto. A lo más un joven viejo, que ya es un derrotado precoz.
-Ese anuncio de la entrada, es cachondeo, ¿No?
El hombre levantó la vista y no contestó.
Pensé que no sabía con qué intención se había escrito aquel letrero pero cachondeo poco.
Me desentendí de él y me puse a revolver un poco los libros. Mientras me decidía.
Cuando lo hice volví a plantarme delante de él,
-Quiero hacer la prueba- le dije.
-Usted no es escritor- me dijo.
-¿Ya me la hizo?- le pregunté.
-Se le ve enseguida, con sólo mirarlo- me contestó.
Volvió a embeberse en una libreta con un texto de una letra que hasta Robert Walser hubiera tenido problemas para escribirla.
-Es imposible que pueda usted leer esa letra- le dije.
-No estoy leyendo, lo finjo para ver si usted se va- me confesó.
Y volvió a inclinarse sobre las líneas imposibles.
Así que volví a las estanterías. Me dije que si en cinco minutos no encontraba un ejemplar de “La colmena” me iba y que si lo encontraba le sacaría aquel hombre una respuesta.
Al minuto y cuarenta segundos encontré dos ejemplares. Los cogí y fui con ellos en peregrinación hasta el hombre esfinge.
Se los puse delante,
-Es la última vez que lo intento. Usted verá.
Señaló los dos ejemplares y me dijo,
-¿Y eso?
-Un juramento- le contesté.
-¿Se los lleva?
-No, ya le ha dicho que era un juramento- insistí.
-Imagínese por un momento- dijo con cara de cansancio- que es usted un escritor muy prolijo y muy dotado, sus textos tienen una calidad incontestable, los entendidos que han leído fragmentos de ellos están admirados, le animan a que los presente a las editoriales, a que los publique.
Tiene, según todos los cálculos hechos y aceptados por unanimidad, entre sus textos diez o doce éxitos grandiosos, que si se da prisa le pueden llevar al premio Nobel. ¿Me entiende?
Le digo que sí.
-Pues bien, un día de tormenta, cae una lluvia tremenda, con aparato eléctrico y a causa de un rayo que cae sobre su casa, esta se incendia. No se preocupe, aquel día usted y su familia han ido a la playa y no les pasa nada, pero sus manuscritos se han convertido en ceniza. Han desparecido.
Me mira,
-¿Y no guardo ninguna copia?
-No, ni una. Y además es incapaz de reescribir lo perdido. Ni una línea. Todo es irrecuperable.
Hace una pausa. Larga.
-¿Qué piensa?- me pregunta al fin.
-¿De qué?
-¿Qué piensa ante esa situación?
-¡Qué putada!
Parece no tener bastante.
-¡Me cago en Dios y todo lo que se menea! Se ha ido a tomar por el culo todo lo que me iba a hacer famoso y rico, el Nobel, quién sabe cuántas amantes, cuanta admiración, cuantas veladas con otros escritores geniales y famosos. ¡Joder, qué mala suerte!- digo esto último a grito pelado.
No hay nadie en la librería pero algunos transeúntes que pasan por la puerta miran hacia el interior.
Me quedó observándolo,
-¿Bien?- lo interrogo.
-¿Volvería a escribir o lo dejaría para siempre?- me pregunta.
-¡Ah, ya lo cojo!- digo- Si ahora le contesto que sí volvería a escribir, me dirá que soy un auténtico escritor y si le digo que no, que no volvería a escribir jamás, me dirá que no soy más que un escritor de domingo.
-Claro, ni más, ni menos- me contesta.
Y volvió a inclinarse sobre las diminutas letras.
Cogí los dos libros de Cela,
-Los voy a poner donde estaban.
Ni me miró.
Los coloqué en su sitio y me dirigí a la salida.
-Y quite esa mierda de letrero de la puerta.
No me giré.
Me pregunté si estaría mirándome como lo hacía con la microescritura.
Al salir tropecé con una pareja, estaban discutiendo,
-Sube, hombre sube- rogaba ella.
-Ni hablar, no subo a ese antro a que me diga esa bruja si voy a ser escritor o no- contestaba taxativo él.
Lo que me pasa por culpa de los libros. Pensé.
Miré para atrás. Se iban.

viernes, 23 de junio de 2017

Las cosas están así





Yo escuche la historia de forma fragmentada, por boca de dos negros, uno, bienintencionado, con ganas de acentuar las cosas buenas, eso que se llama de forma tan repugnante, por lo inútil, “ser positivo”, y el otro, también bienintencionado pero con la firme voluntad de no despegarse de la realidad, con la sabia intención de no darse de bruces o hacerse daño cuando el positivismo se dispara como un cepo y te atrapa ya para siempre o te deja mutilado.
Se contaba la historia de uno de los negros más famosos de nuestro tiempo y empezaba positivamente de esta manera,

“Me cayó bien aquel blanco. Íbamos sentados juntos en el tren y se levantó para ir al servicio, dejando sobre su asiento todas sus cosas, justo cuando estábamos a punto de llegar a mi parada.
Él lo sabía porque estaba presente cuando yo le dije al revisor mi destino para que me entregara el billete. O sea, yo podía coger todas aquellas cosas y llevármelas. Es lo que los blancos suelen pensar de los negros. Son unos ladrones, gente de poco fiar.
Sí, ya sé que robar, robar robamos, los blancos también, todos. Sí, pero los negros más. Eso está grabado indeleblemente. Sin posibilidad de borrado.
Sin embargo aquel blanco fue al servicio en aquel momento, dejando sus objetos valiosos sobre el asiento, así que no pude por menos que emocionarme. Es lo que le pasa a los desvalidos, a los indefensos cuando sienten el menor gesto de afecto o de confianza. Así que cogí sus papeles que había dejado debajo de la Montblanc y en una esquina de una hoja escribí con ella: Gracias. El negro que había al lado.
Me bajé cuando el tren paró y él todavía no había vuelto.
Nunca olvidaré a aquel blanco, dándome alas con su confianza en mí.”

Enternecedor, ¿No? Decididamente positivo, ¿No?
Sin embargo hay una variación de esa historia que me fue contada, entre risitas, por otro negro, con un final más aceptable y más acorde con lo que ha sido y es la lucha de los negros por conseguir ser tratados como blancos. O sea en consonancia con la realidad acomodada sobre la espalda del racismo.
Resulta que en esta versión el negro que sí está en la situación que se ha descrito anteriormente, no deja ninguna nota de agradecimiento al blanco confiado, sencillamente porque no se bajó en la estación que le tocaba.
No se fiaba de nadie en el vagón, ni de blancos ni de de negros, y cualquiera de ellos ante su ausencia si descendía en sus estación podía apropiarse de los objetos abandonados momentáneamente en el asiento y el blanco, al regresar y no verlos ni verle a él, le haría responsable de la sustracción.
Esperó pues a que regresara el blanco, custodiando sus objetos, y una vez ya regresado el blanco a su asiento, en la siguiente estación descendió. En el próximo tren que pasase en dirección contraria regresaría a su estación.
Lo que no me contó este último narrador es si el blanco ante la presencia del negro, se extrañó, y le preguntó por la razón de no haber bajado en su estación. O si simplemente ya lo había olvidado o nunca lo tuvo en cuenta al no haber estado atento al momento en que aquel negro compró el billete.
Esta es una historia que no sé si me la he inventado o la he leído en algún lugar y ahora la pongo aquí… Como lo apunto todo.
Pero, sea como sea, creo que debía escribirla.


jueves, 8 de junio de 2017

Aforismos XXXIV





La existencia es una urbanización, en la que muy pocos se deciden por una vida aislada y casi todos elijen una acosada.

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Si el Universo se rige por el caos, hay que andar con cuidado, pero si hay una intención, hay que ponerse a la defensiva.

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Quizás llegar a sentir como un árbol nos mira o una piedra se inquieta ante nuestra presencia sea la conquista definitiva del hombre.

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La prosa se mastica, la poesía se bebe.

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La Imaginación hace con la Fantasía lo que le sale de la mente.

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Nadie se quiere morir joven aunque paradójicamente es la única posibilidad de no envejecer nunca.

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Llorar es como sudar tristeza.

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Un día amaneces y te sientes enfermo cuando lo que sucede es que has empezado a ser viejo.

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Todas la religiones igual. La nuestra: De Diego Velázquez a Francis Bacon y tira porque le toca.

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No hay cárcel más segura que el presente.

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Siempre se quejaba de su mala memoria hasta que un día comprendió que era una suerte. Gracias a ella todo era posible.

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El tatuaje es un ultraje porque va más allá del traje.

viernes, 2 de junio de 2017

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Hubo un tiempo en que se viajaba a Francia
para ver películas eróticas. Parece mentira.

En un retrete de una aérea de servicio.
 Autopista a Perpignan.


Fue una historia que durante muchos años estuvimos viendo, con diferentes protagonistas, a todas horas. Incluso se pasaba cuando niños miraban fijamente la pantalla con el bocadillo de chocolate en la mano. En aquel entonces era seguro que donde había un niño había una madre.
Empezaba la historia con un hombre joven, sonriente, elegantemente vestido llamando a la puerta de una casa familiar a una hora en la que el marido no estaba, con el paquete en la mano.
Abría la mujer de la casa, que como mucho iba vestida para estar cómoda pero que más de una vez aparecía en bata de andar por casa o simplemente con una blusa. O sea, ese tipo de vestidos que las mujeres se ponen para estar cómodas de verdad, cuando hasta la ropa intima sobra. Sonriente y encantada de la vida, saludaba al apuesto intruso y le preguntaba qué quería.
El hombre se presentaba y enseguida entraba en materia, preguntándole si estaba contenta con lo que tenía en casa. A lo que ella, ni sí ni no, afirmaba que no se podía quejar.
Entonces el agresivo conquistador le decía que él tenía algo mejor, y mostraba el paquete. Que si quería probarlo. La mujer fingía enfadarse y aseguraba que el suyo no lo cambiaría por nada del mundo. Pero el hombre que confiaba en la potencia de los polvos de su paquete insistía. Se lo dejaba sin ningún coste, le decía que no se preocupase, que él no se lo diría a nadie. Sólo tenía que probarlo.
-¡Pruébelo!- decía el joven elegante con toda la confianza del mundo reflejada en el rostro.
La mujer terminaba por ceder. Aceptaba probarlo y entonces el paquete cambiaba de mano.
Él, ya victorioso y con el paquete entregado, desafiante le decía,
-¡Pruébelo con cualquier prenda, la más sucia que tenga! Quedara encantada.
En este momento había un fundido en negro. Las dos caras desaparecían sonrientes.
En la siguiente imagen el hombre estaba frente a la mujer, relajado, seguro de su triunfo y ésta, con el paquete ya a un lado, ponía cara de haber tenido una experiencia mística. Los dos felices.
 Él, triunfante y seguro de si mismo, recuperando el paquete, preguntaba,
-¡Qué! ¿Ha quedado contenta?
-Contentísima, nunca hubiera imaginado que algo así pudiera pasar. Ha sido una experiencia…
El joven no la dejaba acabar y preguntaba,
-¿Lo ha probado con cualquier prenda?
-Con cualquiera y entre más sucia, mejor- admitía ella.
-Entonces, a partir de ahora…
Ella contestaba jovial,
-A partir de ahora permaneceré fiel sólo a…
Y la pantalla enfocaba el paquete del joven.
En ese momento mi hermano pequeño siempre preguntaba,
-¡Mamá! ¿Y el papá donde está?
-El papá está trabajando, hijo.
-Entonces, ¿Por eso viene el señor?
Mi madre que solía estar planchando, cosiendo, barriendo, fregando o doblando ropa, ni contestaba.
Mi hermano seguía mirando la pantalla, hasta que terminaba volviendo la mirada hacia mí,
-Pitu, ¿Ese señor que hacía?
-Vende detergente, ¡Joer! Parece mentira.
No sé cuantas veces vivimos esa escena. Llegó un momento en que era seguro, después del anuncio, sufrir las inquisiciones de mi hermano.
Cuando cuatro años más tarde, un día, se presentó en casa un hombre desconocido, papá no apareció y nuestra madre nos explico lo que pasaba. Yo ya tenía catorce años y mi hermano diez, cuando eso pasó. Después de las explicaciones nos dejaron solos en el salón. Mi hermano me volvió a mirar como entonces, pero esta vez sé limito a decir,
-Detergente.

sábado, 27 de mayo de 2017

Aforismos XXXIII






Un aprueba de que la diversidad siempre abre posibilidades: Los homosexuales pueden escoger entre conocer a alguien personalmente o  persoanalmente.

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Casarse da entidad a la infidelidad.

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La prueba de que no eres de nadie y de que nadie confía en nadie es que cuando te mueres, aparece un juez que se preocupa por ti.

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De niño no sabes cómo se consigue ser adulto y de adulto sabes cómo ser niño pero no puedes. Es así, todo lo vas aprendiendo de espaldas.

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Si en lo tocante al sexo andamos por el “teorema de Pitágoras”, en lo que se refiere a la muerte vamos por “la invención de la rueda”.

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Lo que más me sorprende de la Historia es lo ordenada que se la ve, con lo que fue ella.

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Si quieres cultivar el carácter, poder. Si es la personalidad, riega.

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Ensayamos la muerte cada noche al acostarnos. Que no haya más función que la del estreno no es por falta de público.

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El cotilleo es un chafardeo vital. El guasap un cotilleo bital.

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Que el camarero le trajera precisamente el plato que había pedido le infundió valor. Tal era su debilidad.

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La lucidez es como el fuego, calienta, pero si te acercas demasiado te puedes abrasar. Y si no la alimentas se apaga. Se puede sobrevivir sin ella, pero si la has tenido nunca olvidaras su luz.

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La razón es una franquicia de la inteligencia. Esta tiene como suprema misión actuar obedeciendo al gran Demiurgo que todos llevamos dentro. La inteligencia no discrimina. Es un soldado. Eso engaña a la razón que la cree compañera leal en cualquier situación.
Y no es así.
¡Cuantas acciones irracionales no se han cometido con la mayor de las inteligencias!