miércoles, 11 de octubre de 2017

Aforismos XXXVII




No nos damos cuenta de que la vida es o, o, o, o, y nosotros empeñados en que sea y, y, y, y, y.

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No somos nada sin los demás pero nos convertimos en muchísimo si los hacemos nada.

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La caridad es la compasión cuando se arregla para salir.

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Después de vivir en varias maneras de escribir, me he quedado a vivir en los cuentos. En la novela hay muchas rendijas y entra frío. En la poesía hay poco espacio y no puedo recibir invitados. Además los cuentos son fáciles de limpiar.

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La gente que usa los superlativos, suele hacerlo en los dos sentidos.

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Con las ideologías tenemos el problema de considerarlas grandes platos cuando en realidad sólo son tapas.

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La Soledad es una compañera perfecta. No exige nada y saca lo más profundo de ti.

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Luchar contra la desigualdad no es lo mismo que luchar por la igualdad. Hay gente  que para desacreditar lo primero habla de lo injusto que es lo segundo.
No querer estar obeso no es querer estar delgado.

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Cuando tomo café me siento tan “producto químico” que me dan ganas de de escribirme un “manual de operaciones”, con las contraindicaciones, los componentes, pero caigo en la cuenta de que desconozco la “fecha de caducidad”.

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Cuando llueve, no escucho otra música.

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Se suicidan más jóvenes, que tienen la vida por delante, que viejos, que tienen la vida por detrás. Sorprendentemente da más miedo el viaje que el destino.

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Cuando pasamos de tener confianza a creer, en el cambio hemos pagado el libre albedrio como comisión.

domingo, 24 de septiembre de 2017

A la última va la vencida



Aquellas navidades no iba a pasar.
Aquel absurdo hecho que se repetía cada año.
No se acordaba ni de cómo había empezado. Bueno, cómo sí. El porqué, ya era otra cosa. Y las razones por las que continuo año tras año…
Seguramente para hacer gracia. Una rendición. Como tantas otras.
Aunque con el paso del tiempo se había ido dando cuenta de que aunque un rostro sonriente o un rostro enfurecido tienen la misma incidencia, no ha dejado de admitir en toda su vida que hay calidez en uno y no en el otro.
Una calidez orquestada. Voluntaria.
Sí, pero calidez.
La primera vez pasó sin querer.
Estaba montando el árbol y una bola se descolgó. Reaccionó instintivamente y con el pie enfundado en la pantufla le dio para arriba. Subió.
Al volver a bajar intentó cogerla con las manos a la vez que su hija y el resultado fue que salió disparada de nuevo hacia lo alto.
El alboroto ya estaba montado y cuando volvió a caer se habían unido las manos de su esposa, pero su nieto mayor, que no quería cogerla si no jugar, metió hábilmente la mano y le dio para que subiese de nuevo.
Al siguiente descenso, su yerno, que había sido jugador de baloncesto y tenía unas manazas impresionantes, una vez oyó que su hija le decía a su madre,
-Cuando me pone las dos manos, esas que tiene tan enormes, una en cada cachete, ardo.
Y las dos riéndose.
Pues una de esas manazas se anticipó a todas y atrapó la bola.
Escachándola.
No había calculado lo endeble que era.
La juerga aún continuó un rato más.
En el segundo año pasó algo parecido. Una bola cayó y él, al poner el pie en el suelo, la aplastó.
-Ya está aquí la bola de Navidad.
Y los que aquel año estaban en casa, su nieto mayor estaba estudiando en el extranjero y su yerno estaría poniendo las manos en otros cachetes, es decir el resto y el nuevo compañero de su hija, lo festejaron.
La suave risa del amigo de su hija era muy difícil que coincidiera en este mundo con las manos de su ex-marido. Así que, se atrevió a pensar, su hija tenía un problema.
En el tercer año que sólo estaban su esposa y él, lo hizo adrede. Su mujer, que estaba en al cocina, al escuchar el chasquido, vino.
Él acertó a decir,
-Es la tradición.
Y ya no paró.
Cada Navidad, uno de los momentos cruciales, junto a la entrega de regalos, era cuando rompía la bola. Todos los presentes esperaban el crujido. Llegaban anticipadamente para presenciar el simple suceso.
Pero este año no lo presenciarían. Este año, no.
-¿Tienes bolas macizas?- le preguntó a Francisco.
-¿Macizas?
-Sí, que no se rompan.
-Pero, ¿Hay bolas macizas?
Se las agenció por internet, en una ferretería “on line”. Las había ido a recoger a una tienda que cooperaba con la ferretería.
No quería chasquidos estas navidades.
No eran bien, bien bolas de Navidad pero tampoco se iban a romper.
Pesaban lo suyo. Todas juntas casi lo arrastraban.
Al ir acercándose a la casa vio que la entrada ya estaba copada por los vehículos. El sendero que había limpiado por la mañana justo al acabar de montar el árbol sólo pendiente de las bolas, ahora estaba inaccesible.
Este año su nieto mayor traía a una amiga, estaba su hija y su último compañero, no había tenido mucho tiempo para observarlo, sus otros nietos y un hermano suyo, emigrante en Argentina, con su mujer y dos de sus hijas.
Daba igual quien estuviese. Estas navidades no habría “bola que se rompe” tradicional.
Había nevado durante la noche y con el frío del amanecer el dulce y blanco manto de nieve se había convertido en hielo, duro y resbaladizo.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Stand by you



No pasaba una buena época.
Bueno, pasaba una época peor de lo acostumbrado.
Había acabado mi último proyecto y me preguntaba si no sería el último de verdad.
Mi secretaria, mi última empleada, se había ido, diciéndome,
-Es continuar aquí y morirme.
Y debía ser verdad, porque a pesar de pagarle espléndidamente  se había autodespedido.
Le dije,
-¿No quieres el finiquito?
Y se alejó carcajeándose, hacia los ascensores.
El finiquito. Es para reírse, desde luego.
Finiquito de Triana.
El finiquito, la puntilla, o algo así.
La cosa es que sonó el teléfono.
-¿Si?
No contestó nadie.
¿Quién será?
Había un millar de sospechosos.
Hasta podía ser mi secretaria. Que quiere saber cómo sigue todo.
No tengo prisa, espero.
Al cabo de unos segundos,
-No sé quién eres pero no importa y no voy a colgar.
Hago una pausa.
-No voy a colgar nunca. Así que tú verás.
Enciendo un cigarrillo.
-Acabo de encender un cigarrillo. No sé con qué intención has llamado pero no sabes dónde te has metido. No lo sabes tú bien. Te creerás que al llamar llevas la iniciativa pero ya no es así. Hace un buen rato que ya no es así. Es como si al llamar hubieras caido en una trampa.
Doy dos caladas.
-Acabo de dar dos caladas y hay bastantes probabilidades de que participes en mi próximo proyecto. Como ves te estaba esperando.
Me callo e intento escuchar su silencio, su respiración.
-Posiblemente no te has equivocado de número y me conozcas y sepas quién soy. O creas saber quién soy. Estoy haciendo memoria y no conozco a nadie, vivo o muerto, que me haya conocido en toda mi extensión. En toda mi jodida e inevitable complejidad. Lo que me lleva a pensar que aunque te muestre una de mis facetas es muy poco probable que ésta coincida con la que de mí puedas tener. Así pues tendrás conocimiento de al menos dos caras de mi poliédrica personalidad. Lo que te convierte en uno de los seres que mejor me conoce.
¿Sigues ahí?
Nadie contesta.
-Entre más te empeñes en permanecer en silencio más grande será tu derrota. Tu derrota ahora se mide en minutos y está engrandeciéndose.
Hago un breve silencio. Después continúo.
-Tengo sobre la mesa una navaja barbera. Ya sabes, uno de esos artilugios cuya sola presencia augura el rojo. ¿No te parece raro las pocas veces que a un barbero se le ha ido la bola y le ha rebanado el pescuezo a un cliente?
Yo, al menos, no conozco a ninguno. Aunque haberlos tiene que haberlos.
Calló de nuevo. Nada.
-Acabo de hacerme un pequeño corte en la yema del dedo pulgar derecho. Soy siniestro, quiero decir, zurdo. Un maldito. Tú no sabes lo que es ser zurdo. Es como ir todo el rato por el lado contario de la autopista y que todos te eviten y hagan como si fueras en la dirección correcta. No se puede sentir mayor desprecio. ¿Cómo se anhela en esos momentos un enfrentamiento, un choque frontal! Un enorme camión de diez ejes que se funda contigo en un abrazo inolvidable. Bueno, lo cierto es que la sangre está manando. No temas, no me voy a suicidar. Sólo quiero dejarme hecho un asco. Que llames al 112 y digas que en el teléfono tal, no pongo el número para evitar que millones de lectores colapsen el mundo de las telecomunicaciones, y después de todo tú ya lo tienes pues me has llamado, hay un tío loco diciendo y haciendo barbaridades.
De nuevo hago una pausa y presto atención.
-Veo que sigues ahí pues te escucho pensar. Ahora acabo de alejar de mí la navaja barbera y de tomar el lápiz. Yo, como Robert Walser, si sabes quién es empezarás a sospechar por donde va todo y a lamentarte de haber llamado, escribo a lápiz.
Y ahora sí que voy a ir en serio. Así que tú mismo o tú misma.
Antes, para no manchar de rojo la página en blanco me chupo el dedo gordo derecho. Ya sabes, todo lo que está a la derecha gusta de esas dedicaciones.
Ja, Ja, Ja, Ja, Ja.
No te alarmes es una risa impostada. Fingida. La saliva es curativa. Yo creo que por eso somos tan dados a lamer y chupar. No es algo consciente, es algo instintivo. Un lameculos es sobre todo un hombre que acumula saberes de la tribu. Sabe lo que hace porque sabe mucho. Lo que sabe oculta lo que siente. No es un adelantado a su tiempo porque en cierta manera es un látigo del tiempo. De las épocas. Esto se llama pensar en positivo. Traer a colación a un lameculos y acabar en la arqueología. Pensar en positivo. Valiente gilipollez. A mí págame un buen sueldo y después déjame pensar como me salga de los huevos. Bien, puesto que no osas identificarte, ni hacer acto de presencia con algo de tu voz, voy a proceder a escribir mi próximo proyecto en el que por supuesto estás tú y en el que tarde o temprano va a salir a relucir tu número de teléfono que tengo aquí grabado en la pantalla, porque me va a importar tres cojones que te frían a llamadas, mensajes y demás prestaciones de bombardeo que han traído las nuevas tecnologías. ¿Lo habías pasado por alto? ¡Eh! Empiezo.
Proyecto.
En ese momento oigo el clic pero ya es demasiado tarde. Ya no puedo parar.
Colgaste, cobarde de mierda.
Corre y refúgiate en esos escaparates donde brilla la bisutería y la quincalla. Y nadie, pero nadie, nadie te va a lamer el culo con la consciencia que yo podría haberlo hecho.
Maldito lector, púdrete.
Y empecé.
No pasaba una buena época…

viernes, 8 de septiembre de 2017

Aforismos XXXVI






Muchos de nosotros, la mayoría de nuestra vida, nos la pasamos chancleteando cuando creemos estar taconeando.

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En muchas de las ocasiones, antes de afirmar que alguien nos mira por encima del hombro, deberíamos asegurarnos de no estar agachados.

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Veo muchas parejas que se cogen de la mano con vocación de nudo marinero.

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No podemos saber lo que ignoramos, pero a tenor de lo que vamos sabiendo tiene toda la pinta de tener un tamaño considerable.

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Larra se suicidó con veintiocho años. Yo tengo sesenta y nada.

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Al ser imposible ponernos de acuerdo en que es la Verdad, inventamos la Fe. Con lo que sustituimos lo real por lo creíble.

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¿Hay prostitutas por las calles de Belén y Jerusalén? ¿Y carteristas? ¿Y camellos?

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Un político puede actuar sin convicción pero nunca sin responsabilidad.

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El artista cuenta en su obra todo lo que se le ocurre. No entenderlo, que no te interese o que te apasione debe ser contemplado con el mismo espíritu.

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Frente a la Metafísica, la Dialéctica no tiene todas las respuestas pero al menos no contribuye a nuestra frustración.

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El arrepentimiento no sé que es más, si inútil o falso.

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Estamos dispuestos a acoger a un perro vagabundo pero no a un hombre en su misma situación. Es raro, ¿No?

sábado, 19 de agosto de 2017

Silencio, ruido, silencio



Aquella tarde no se tuvo que ir y se preguntó si eso significaba algo.
Se había roto la rutina y al romperse, a él le pareció que estaba pasando como cuando en una mañana de sábado todo en la casa se pone patas arriba, se hace la limpieza y la final siempre hay algo que tirar a la basura.
¿Se trataba de él?
Pues aunque, se reivindicó, se tratase de él y todo en la playa volviese a recomponerse como si nada, la casa limpia y ordenada del sábado por la tarde, aquellos jóvenes daban mucha pena.
Acostumbraba a salir después de la siesta para pasear unos quilómetros hasta la costa. Había unos bancos en un paraje perfecto. El mar inmenso se dejaba ver y el murmullo de las olas era lejano y delicado como una voz amada que acaba de hacerte feliz.
Parecía que el tiempo se detenía y hasta el sol vacilaba en el horizonte. Eso pasaba durante una media hora. Después todo empezaba a nutrirse otra vez. El sol reanudaba su camino y una rulot silenciosa hasta ese momento empezaba a saludar a la tarde. Unas puertas que se abrían, el carraspeo de su asistente, todo a dos centenares de metros de donde estaba él. Poco a poco el oleaje se ausentaba y sólo quedaba la superficie plateada para guarecerse.
Como si el vehículo fuese la mamá de la camada, empezaban a aparecer los cachorros, cargados también con sus asistentes. Las voces se entremezclaban y había alguien que gritaba y después ya eran todos gritando.
Hasta que surgía la música a todo volumen.
Y a continuación la algarabía incontinente. Pasa de todo. Es verano. Los días nunca se acaban.
Desde el banco él se asegura de la inutilidad de todo y todo le parece una venganza. Pero allí se ríe y se baila.
Así solía ser cada tarde y estaba bien que fuese de esa amnera. Porque bien es un concepto que vale hasta para el infierno.
Hasta que se iba. Se alejaba camino de casa y con la distancia en ristre iba derrotando lo que le incomodaba. Hasta no sentirlo. Estaba muerto. El silencio otra vez.
Pero aquella tarde, no.
Fue como, de pronto, caerse por un precipicio, estar al borde del barranco del silencio, contemplando la profundidad y de pronto sentir el empujón. La música ceso y él seguía en el banco. Los gritos se convirtieron en la inercia de lo que ya no estaba, que los llevaba hasta la certidumbre de ellos mismos y su presencia en la playa. Sus voces vacilando se fueron apagando y cundió el pánico.
Primero el asistente de la rulot, que se afanaba, lo veía entrar y salir del vehículo con cables y herramientas en la mano, como un bibelot loco fuera de su tiovivo. Levantaba los brazos, hacía aspavientos, invitaba a algunos de los jóvenes a que probaran y nada.
Después las voces airadas que parecían peines del oleaje se interpelaban unas  a otras, iban de coche en coche, se intentaba encontrar de algún modo algo de munición contra el silencio. Pero aquellos pequeños vehículos disparaban perdigones contra la piel dura y correosa de la infinita muralla que el oleaje conformaba.
Nada parecía dar esperanza a los jóvenes.
Algunos empezaron a rendirse y sacaron el trapo blanco de su culo que depositaron en el lecho de arena y como él quisieron comunicar pleitesía al silencio.
El sol seguía su curso.
Aún hubo un intento de risas y algarabía y algún revolucionario alzó la voz. Pero se notaba que estaba perdida toda esperanza. La rulot estaba siendo recogida. Su asistente era un veterano. Una retirada a tiempo es menos derrota. Y ellos, los soldados sin himnos se fueron retirando del campo de batalla, cuando aún faltaba tiempo, tanto tiempo para el final.
Pero aquel silencio, aquel calmado oleaje no era su banda sonora. Todavía no.
Era la de él, que pudo quedarse aquella tarde hasta el final.
Claro que aquello quería decir algo, todo quiere decir algo. La cuestión era si le atañía a él.